Cuarto menguante.

La luna es hoy como el filo relumbrante de una guadaña y la estrella que la acompaña es como una lágrima de cristal rota por el trémulo resplandor de una muerte tan súbita como inevitable.

La noche está fresca y la oscuridad confunde las sombras con ávida sensualidad hacia lo que se oculta y apenas se insinúa.

El rutilante fulgor de aquélla estrella lejana e inaccesible es tan frío como el anhelo de los sueños que hace largo tiempo se perdieron para no regresar jamás.

Mi corazón está oculto hacia el sentimiento de un deseo que nunca se alcanza, y mi alma está seca porque hace tiempo que navega lejos de la limitación de la materia, hacia un universo de infinita incertidumbre.

La luna insinúa apenas el resplandor de su presencia, al filo de la guadaña de los sueños y deseos muertos, esparcidos entre la hojarasca putrefacta de los bosques sombríos, en donde la luz es ni siquiera  un recuerdo , con la mórbida complacencia de lo inalcanzable, de lo que casi no se expresa como una posibilidad de remota evanescencia, con la etérea imprecisión de las cosas que nunca se determinan porque tienen la profundidad inabarcable de la muerte.

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